viernes, 1 de abril de 2016

Las redes sociales son la trampa de la modernidad individualista

  
El sociólogo Zygmunt Bauman sobre por qué las redes sociales podrían ser el nuevo opio del pueblo


pijamasurf


Un hombre de 90 años, lúcido, pesimista y quizás capaz de ver lo que nosotros no podemos notar dentro de la gran pecera digital, nos advierte sobre aspectos de ésta. Zygmunt Bauman es uno de los más feroces críticos de la modernidad y la sociedad de consumo, y en una reciente entrevista con El País hizo algunas apreciaciones sobre el desencanto que estamos viviendo ante las políticas neoliberales y la inundación tecnológica. El sociólogo polaco ha diagnosticado que la promesa neoliberal de que la riqueza de unos cuantos acabaría derramándose hacia otros estratos de la sociedad se ha revelado como una gran mentira, y la desigualdad sigue creciendo sobre esta promesa. Así se crea lo que llama "un precariado", una sociedad precaria que sufre a expensas de una minoría privilegiada.

El desencanto está llegando a un punto crítico:

Lo que está pasando ahora, lo que podemos llamar la crisis de la democracia, es el colapso de la confianza. La creencia de que los líderes no sólo son corruptos o estúpidos, sino que son incapaces. Para actuar se necesita poder: ser capaz de hacer cosas; y se necesita política: la habilidad de decidir qué cosas tienen que hacerse. La cuestión es que ese matrimonio entre poder y política en manos del Estado-nación se ha terminado. El poder se ha globalizado pero las políticas son tan locales como antes. La política tiene las manos cortadas. La gente ya no cree en el sistema democrático porque no cumple sus promesas. Es lo que está poniendo de manifiesto, por ejemplo, la crisis de la migración. El fenómeno es global, pero actuamos en términos parroquianos. Las instituciones democráticas no fueron diseñadas para manejar situaciones de interdependencia. La crisis contemporánea de la democracia es una crisis de las instituciones democráticas.

Bauman considera que la visión que ha sido promovida es la de un individualismo rampante que produce un pérdida del sentido de comunidad, un "activismo de sofá" desvinculado de las acciones que realmente pueden hacer una diferencia. A esto contribuye el adormecimiento generalizado de los medios digitales, especialmente de las interacciones mediadas en redes sociales. Tal vez Internet no es un instrumento tan revolucionario como se pensaba:

La cuestión de la identidad ha sido transformada de algo que viene dado a una tarea: tú tienes que crear tu propia comunidad. Pero no se crea una comunidad, la tienes o no; lo que las redes sociales pueden crear es un sustituto. La diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti. Puedes añadir amigos y puedes borrarlos, controlas a la gente con la que te relacionadas. La gente se siente un poco mejor porque la soledad es la gran amenaza en estos tiempos de individualización. Pero en las redes es tan fácil añadir amigos o borrarlos que no necesitas habilidades sociales. Estas las desarrollas cuando estás en la calle, o vas a tu centro de trabajo, y te encuentras con gente con la que tienes que tener una interacción razonable. Ahí tienes que enfrentarte a las dificultades, involucrarte en un diálogo. El papa Francisco, que es un gran hombre, al ser elegido dio su primera entrevista a Eugenio Scalfari, un periodista italiano que es un autoproclamado ateísta. Fue una señal: el diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú. Las redes sociales no enseñan a dialogar porque es tan fácil evitar la controversia… Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa.

La clave parece estar en nuestra relación editada, comodificada con los otros en las redes sociales, lo cual no nos confronta con la realidad de la diferencia del mundo de las calles, podemos crear nuestro propio universo cerrado, inoculado, a salvo de tener que ver lo que no nos gusta de nosotros. Podemos controlar lo que vemos y lo que nos dicen desde nuestro sofá. Esto es evidentemente una ilusión; quizás estas plataformas digitales estén muy cercanas a un perfecto maia.

martes, 29 de marzo de 2016

Izquierdas líquidas, progresismos agotados


Otras Voces en Educación

La impresión que se tiene es que el progresismo chileno no habla mucho de ciertos tópicos por miedo a revelar su desnudez discursiva; o las contradicciones de su pensamiento; o las rupturas (nunca reconocidas) dentro de ese mismo pensamiento con su propio pasado; o su caminar puramente táctico y adaptativo frente a las circunstancias de opinión pública encuestada o de coyuntura electoral. 
 
I

Quienes alguna vez pensaron que con el fin de la guerra fría, la caída del muro de Berlín, el desmoronamiento del bloque soviético y la crisis financieras del capitalismo se ponía término a la era de las ideologías, a los conflictos entre visiones de mundo y a la propia historia entendida como lucha por el poder, se equivocaron medio a medio.

Cometieron el error de juzgar la historia larga por la intensidad de un momento histórico pasajero. Creyeron que el repertorio de los “ismos” (nacionalismo, populismo, comunismo, neoliberalismo, socialismo, comunitarismo, etc.) es finito y que había llegado la hora de la administración puramente racional, científico-técnica de las sociedades. Cuantas veces escuchamos decir: “ya no hay más izquierda ni derecha; las ideologías son cosas del pasado; en adelante no habrá política sino que mera administración y mercado, planificación y competencia y, las fallas que se puedan producir serán resueltas con las nuevas y eficientes herramientas de coordinación inteligente y de la gestión orientada a resultados”.

Hoy vemos que la historia –a nivel global, regional, nacional y local– avanza de conflicto en conflicto; que efectivamente hay choques de religiones y de economías; que los Estados se hallan bajo una enorme tensión y algunos fracasan en su misión de mantener un orden mínimo que evite la destrucción de todos contra todos en sus respectivas sociedades; y que los “ismos” del posmodernismo son similares a los de antes aunque lleven nuevos nombres como indignados o neonazis o progresismos o liberalismos sociales.

Sobre todo, a un lado y al otro de la divisoria de las aguas ideológicas reina la confusión, como vemos en nuestro país y en nuestra región y, más allá, en otras partes del mundo. Muchas ideologías que circulan en el mercado de las ideas y las consignas semejan remedos del pasado o balbuceos que apenas comienzan a despertar al nuevo siglo y a las nuevas realidades y fenómenos que nos rodean.

La derecha chilena, ha dicho en una entrevista del día domingo pasado uno de sus intelectuales promisorios, se halla en coma; es un proyecto político escasamente reflexivo, desconectado de la realidad. Sin una visión de mundo y una ideología, por tanto. Otro igualmente promisorio y con visión lúcida de su sector, postula la necesidad de poner en perspectiva histórica al pensamiento de derecha para poder reconocerlo en su diversidad de tradiciones. Debe contar, agrega, con una interpretación de la sociedad actual, redefinir su concepto de justicia, asumir la mayor complejidad de las funciones del Estado y elaborar un concepto más equilibrado entre los ámbitos público y privado. Propone pues, un verdadero aggiornamento de la ideologías liberal y conservadora.

II

Nuestra izquierda, en tanto, contempla estupefacta cambios que no logra entender. ¿Cómo pensar a Cuba, el símbolo de un generación latinoamericana (de la cual formé parte), ahora que los presidentes Obama y Castro señalizan inconfundiblemente el tránsito de la revolución hacia el capitalismo bajo un Estado militar-autoritario que buscará mantener una ideología de orden y progreso, como ocurre en China o Vietnam? ¿Y qué explicación ofrecer para el mal momento de los gobiernos “progresistas” –bajo diversas banderas y lemas– de Argentina (hasta ayer), Venezuela, Bolivia, Ecuador, Perú y Brasil?

¿Y cómo dar cuenta del hecho que de los 28 países que forman parte de la Unión Europea, cuna del Estado de bienestar y de las socialdemocracias más decantadas, solo dos poseían gobiernos que podían llamarse al final de 2015 propiamente de izquierda (Grecia y Portugal) –ambos conmovidos por crisis económicas– mientras otros seis eran de centroizquierda (Eslovaquia, Eslovenia, Francia, Italia, Malta y Suecia), siendo administrados los demás por gobiernos de derecha, centro-derecha, grandes coaliciones o partidos centristas?

¿Qué decir, en tanto, más allá de las cambiantes ideologías y la denominación de las fuerzas gobernantes según su ubicación en la dimensión izquierda-derecha, de las diversas culturas que expresan y vuelven inteligibles a los partidos políticos progresistas y sus coaliciones?

Por ejemplo, ¿qué interpretación del mundo y de sus actuales conflictos tienen los partidos progresistas chilenos? ¿Qué dice el PC, por ejemplo, del paso de Cuba desde su economía de escasez socialista de Estado a una de capitalismo de Estado, cuando hace no mucho, en el lanzamiento del XXV Congreso, el Secretario General del partido chileno volvía a repetir –una vez más– que el modelo de acumulación capitalista “está haciendo crisis, al menos en América Latina?”

En la misma ocasión, el Secretario General llamaba al gobierno chileno a ampliar relaciones con China, otro país capitalista de Estado “a todo dar”, y con Rusia, país que –como explica un intelectual húngaro– se caracteriza actualmente por tener un Estado-Mafioso y no sólo un capitalismo de compadres.

Por otro lado, en el mismo discurso, la autoridad del PC fustiga las “intervenciones guerreristas directas” de los EEUU. Luego, pocas líneas más abajo, declara: “somos entusiastas partidarios del proceso que lleva al restablecimiento pleno de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos…”. ¿En qué quedamos? ¿Cómo entender este tipo de flagrantes contradicciones y un discurso así de tributario de la vieja retórica internacional comunista de los años 1950 y 1960?

Si esto ocurre con el PC, a fin de cuentas uno de los partidos organizacionalmente más consistentes y robustos del escenario político chileno, ¿qué se podría esperar de las otras corrientes progresistas?

¿Dónde inscribir, por ejemplo, al PPD, un partido que se decía pragmático, moderno, renovado ideológicamente, de impronta social y libertaria, pero cuya ideología hoy se mueve entre retroexcavadoras y caudillos, nacionalismos agresivos y una suerte de liberalismo del free for all, entre algo más de capitalismo de Estado y algo menos de comunitarismo socialcristiano?

¿Y qué hacer ideológicamente con el PR, una especie de fantasma de su propia sombra, con nostalgia del Estado de fomento y del Estado docente y el Estado previsional correspondientes a la etapa inicial de la modernización capitalista en Chile?

¿Y qué decir del PS, cuya ideología partidista solía tener raíces en las luchas obreras y cuyo socialismo era antagónico al estalinismo, pero que hoy –mediante una renovación incompleta– se ha vuelto un “partido de programa”, a la búsqueda de un capitalismo más regulado, unos mercados más controlados, un Estado más social, una política democrática más participativa y una retórica más marcadamente anti-burguesa?

En fin, ¿qué separa –en términos de nuestros partidos progresistas tradicionales– a las diferentes ideologías y culturas a este lado (el izquierdo) de la brecha que divide las ideas y los discursos políticos? ¿Apelan acaso todavía a utopías más o menos radicales? ¿Poseen apoyos de clase social distintos entre sí? ¿Qué valores de libertad, igualdad y fraternidad encarnan para el Chile de hoy? ¿Cómo se plantean frente a la antigua URSS y los regímenes totalitarios del Gulag y los procesos de Moscú? ¿Qué piensan sustantivamente de la democracia como forma de convivencia, de representación, participación y deliberación? ¿Qué piensan del capitalismo y sus reformas, del orden global capitalista, del modo de producción de China y del capitalismo emergente en Cuba? ¿Cuál es su posición frente a las coordinaciones de mercado, a las autorregulaciones organizacionales del capitalismo, a los regímenes mixtos de provisión de bienes públicos?

La impresión que se tiene es que el progresismo chileno no habla mucho de ninguno de estos tópicos por miedo a revelar su desnudez discursiva; o las contradicciones de su pensamiento; o las rupturas (nunca reconocidas) dentro de ese mismo pensamiento con su propio pasado; o su caminar puramente táctico y adaptativo frente a las circunstancias de opinión pública encuestada o de coyuntura electoral.

Hemos ingresado a un tiempo de izquierdas posmodernas, líquidas, fragmentadas, cuyo pensamiento más parece un collage y a veces una parodia del pasado que el resultado de una sostenida reflexión sobre las contradicciones de las sociedades contemporáneas, sus tensiones y líneas de fuerza, sus dinámicas y fracturas.

Se tiene la sensación de que el progresismo no ha podido reconocer aún la extensa, global, imposición del capitalismo y sus contradicciones culturales. Ni ha podido elaborar una visión de la gobernanza y del Estado requeridos para el presente siglo ni una imagen posible de la recomposición del orden global a partir de las limitadas opciones que ofrecen los Estados-nacionales y la retórica bien pensante de los organismos internacionales.

En este punto nos encontramos: al final de un recorrido conocido pero sin querer tomar el menos transitado que aparece por delante. Me recuerda a los versos del poeta Robert Frost: “Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,/Yo tomé el menos transitado,/ Y eso hizo toda la diferencia” (Two roads diverged in a wood, and I—/ I took the one less traveled by,/And that has made all the difference).

viernes, 18 de marzo de 2016

¿Que pasa con los progre? - ¿POR QUÉ SE DESMORONAN LOS GOBIERNOS DE IZQUIERDA?



Hoenir Sarthou
INDISCIPLINA PARTIDARIA


Las recientes derrotas electorales en Venezuela, Argentina y ahora en Bolivia, la corrupción generalizada del PT brasileño y, antes, del sandinismo nicaragüense, el fugaz gobierno y la inocua destitución de Lugo en Paraguay, la implosión de la Unión Soviética, la lenta disolución de la socialdemocracia europea, la conversión de China al capitalismo autoritario, la cerrazón política y la apertura económica de Cuba, las vacilaciones de la Unidad Popular chilena y la crisis política y administrativa que empieza a mostrar el Frente Amplio (restaría ver qué ocurre en Ecuador) imponen preguntarse qué pasa con los gobiernos de izquierda.


Nacidos con la pretensión de inaugurar nuevas eras históricas, de instaurar el socialismo y el “hombre nuevo”, o al menos de “remover hasta las raíces de los árboles”, los desempeños izquierdistas en el gobierno, desde hace casi un siglo, son bastante frustrantes.

¿Por qué los sueños utópicos de la izquierda suelen terminar degradados ante la realidad que pretendían cambiar para siempre?

LA PROFECÍA APURADA

La que hoy llamamos “izquierda” no fue concebida para ser gobierno.

Si nos remontamos a sus orígenes incluso a los menos lejanos, como el movimiento obrero del Siglo XIX, el pensamiento socialista no tenía por finalidad constituir un partido de gobierno, en el mismo sentido en que el cristianismo, en sus primeros años, no tenía vocación de ser iglesia.

El socialismo, como el cristianismo (no soy muy original al decirlo), se fundan en profecías. Uno espera “El Reino de los Cielos”; el otro a “La Revolución Proletaria”, la sociedad sin clases en la que cada uno deberá recibir de acuerdo a sus necesidades. El problema es que las profecías no encajan muy bien con los rituales burocráticos de las iglesias y los Estados

Los primeros teóricos del socialismo, los fundadores de la “Internacional” obrera, Marx, Engels, y ni hablar de Bakunin y los demás anarquistas, no soñaron con constituir partidos electorales y mucho menos con ejercer el gobierno desde las instituciones existentes. Para ellos, la “revolución” consistía en un cambio radical en las relaciones de producción y/o en las relaciones de poder, lo que aparejaría cambios en la ideología de la sociedad y luego en las superestructuras institucionales.

La cuestión del poder político como un asunto inmediato y su identificación con el control del aparato del Estado es bastante posterior. Probablemente Lenín y sus continuadores hayan tenido mucho que ver con eso.

Lo cierto es que, ya en el Siglo XX, en los duros debates entre los seguidores de Lenin y los de Eduard Bernstein, es decir entre el socialismo revolucionario y el socialismo “reformista” o socialdemócrata, unos y otros tienen un acuerdo sustancial: discuten ferozmente sobre cómo llegar al poder político, si por vía revolucionaria o por vía parlamentaria y sindical, pero están de acuerdo en la necesidad de lograr el poder político para construir el socialismo.

Algunos años después, Antonio Gramsci, un marxista italiano de breve estatura y escasa salud, analizó la influencia de los factores ideológicos y culturales en los procesos sociales y descubrió que el poder es, en gran medida, hegemonía ideológica. Pero Gramsci, si bien fue estudiado, no parece haber sido bien comprendido por los estrategas de la izquierda mundial, que siguieron viendo a la lucha por el control del Estado como el objetivo principal.

Así las cosas, desde hace casi un siglo, las izquierdas han nacido y vivido con dos obsesiones. La primera es construir “el cielo en la tierra”, es decir la utopía socialista. Y la segunda es la toma del poder político, entendiendo por tal la conquista del Estado.

Los métodos han sido muchos, insurrecciones populares, huelgas generales, guerra de guerrillas, alianzas con movimientos mlitares supuestamente nacionalistas, “entrismo” en partidos populistas, grandes frentes nacionales o populares, pero el objetivo ha sido siempre el mismo: la toma del poder político como paso previo a construir el socialismo. Quizá sólo algunos movimientos de origen indígena, en México y en Perú, se han cuestionado esos objetivos. Pero, por ahora, es poca su incidencia teórica visible en la estrategia de las izquierdas centro y sudamericanas.

OBSESIONES Y GOBIERNOS

La obligación mesiánica de construir “el cielo en la tierra”, y a la vez obtener y conservar el poder político, les ha impuesto a los partidos de izquierda una carga pesadísima.

Para empezar, porque descubrieron que los dos objetivos podían ser contradictorios. Es decir, si anunciaban claramente que se proponían construir un proyecto socialista, no lograban el poder político. Y, si disimulaban sus objetivos finales hasta llegar al poder político, después no podían abordar reformas de corte socialista.

Para sorpresa de muchos militantes, los seres humanos reales no suelen sentir mucho entusiasmo por vivir en el cielo. Quieren comida, dinero, seguridad, salud, diversión, y algunos quieren trabajo, No muchos están dispuestos a reducirse en esas cosas, incluso en las superfluas, para que otros también las disfruten. Y menos aun están dispuestos a comprometer su esfuerzo desinteresado para la gestión de esos recursos.

¿Cómo resolvieron ese dilema los partidos de izquierda gobernantes?

Sencillo: priorizaron llegar al poder político. Después, desde arriba, intentaron o simularon los inicios de un proyecto más “socializante”, instalando en realidad una relación clientelar con la población que los eligió. Es decir, el gobierno les “da” cosas al pueblo, a los pobres. Les da prestaciones económicas, algunos empleos, mejores sueldos, beneficios sociales y de salud, muchas declaraciones de nuevos derechos y algunos programas de vivienda.

Puede variar el discurso. Algunos gobiernos tienen una retórica antioligárquica y antimperialista, otros hacen una administración más tradicional del poder. Lo que en general no ha cambiado –como era de prever- es la estructura económica de las sociedades y la conformación ideológica y cultural que la acompaña.

El resultado es que, por debajo de la retórica izquierdista, encaramada en el Estado, sigue operando el poder real, el de quienes controlan la economía (que ya no se localizan usualmente en el territorio nacional) y el de quienes conforman la mentalidad dominante (y no me refiero sólo a los medios de comunicación, sino también a la academia y a una intelectualidad funcional, adiestrada y remunerada, directa o indirectamente, para reproducir la ideología y la cultura dominantes).

Muchos izquierdistas honestos se indignan y gritan “¡traición!” cuando ven a sus ex compañeros, ahora gobernantes, envueltos en las redes del poder económico, obteniendo prebendas y reproduciendo el discurso cómodo de lo “políticamente correcto”.

¿Era posible otra cosa? ¿Hay alguna vacuna ideológica duradera contra la corrupción y el conformismo? ¿Hay algo en el ADN de izquierda, por radical que sea, que prevenga contra la soberbia, el interés y el espíritu burocrático?

Tiendo a creer que no.

¿No hay nada que hacer, entonces? ¿Estamos condenados a elegir una y otra vez a gobiernos que se corromperán, traicionarán y terminarán reproduciendo el tipo de sociedad que querríamos cambiar?

Nada es eterno. Ni siquiera los males. Durante muchos siglos, la humanidad habrá creído que el poder material de la nobleza terrateniente y el poder ideológico de la Iglesia eran eternos. Sin embargo, la economía cambió y la ideología cambió, y hoy no reconoceríamos como real al mundo feudal.

Lo que en el fondo quiero decir –y soy consciente de estar nombrando apenas un tema enorme- es que, mientras que el objetivo exclusivo de los movimientos populares sea alcanzar el poder del Estado, estaremos condenados a reiterar el proceso de ilusión-desilusión-fracaso que han seguido los gobiernos “de izquierda” hasta ahora.

Porque las sociedades no cambian así. No evolucionan a pura fuerza de voluntad y poder estatal. Cambian por procesos económicos poco controlables. Y cambian también –y esto es esencial- por procesos culturales subterráneos, cambios de percepción, de valores y de actitud, sobre los que sí es posible operar ideológica y culturalmente.

Un pueblo pedigüeño, una masa, un montón de vecinos, clientes, consumidores, y un gobierno magnánimo, dando beneficios, es todo lo contrario de un proyecto de cambio social. Aunque nos hayamos acostumbrado a la idea de que eso es “un gobierno popular”. La función de un gobierno realmente popular no es dar, sino educar para la autonomía.

Claro que el papel del Estado es importante en un mundo transnacionalizado como en el que vivimos. Pero de nada sirve si se convierte en un instrumento más para la reproducción de los poderes y de las ideas ya establecidos.

No son el Estado y los gobiernos los que determinan a la sociedad. Es al revés, son las sociedades, su percepción de la realidad, sus creencias, sus deseos y sus convicciones, las que determinan a los Estados y a los gobiernos.

Y ese es, hoy, un terreno de lucha casi abandonado.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Berta Cáceres y la decisión de vencer



Dagoberto Gutiérrez

Berta Cáceres era una mujer joven, de unos 35 años, con varios hijos y con la resistencia social dibujada en su rostro e instalada en su voluntad. Era una construcción de la sociedad hondureña, nacida y formada al amparo de la lucha heroica de ese pueblo que ha parido hijos e hijas valientes.

Se formó en esa escuela dura y golpeada de la resistencia, aprendió que se trata de un camino pedregoso en donde las victorias van acompañadas de frustraciones y los encantos también suponen desencantos, pero esta mujer llegó a encarnar en su pensamiento y en su acción la firmeza inquebrantable en la defensa de la vida, la vida de todos los seres vivos, los que tienen cerebreo y los que no tienen, porque ella supo que la vida de los seres humanos está en manos de la vida total. Entendió que los ríos, los bosques, la tierra, no son solamente el hogar de la humanidad sino que son la humanidad, pero que el capitalismo, al adueñarse de todos los bienes materiales deja de lado los intereses de los más débiles y desprotegidos de los seres humanos.

La palabra de Berta Cáceres resonó en los foros internacionales porque fue reconocida y premiada por su resistencia y sus méritos de luchadora social.

El movimiento popular hondureño es el más desarrollado y ramificado de Centroamérica y la lucha en defensa de los recursos naturales cruza de norte a sur el pensamiento y la acción popular. Por eso en Honduras, la resistencia pasa sin falta por la lucha ambiental.

Honduras es el país más extenso de Centroamérica, después de Nicaragua, y su riqueza en recursos naturales, convierte al país en una presa codiciada por las empresas transnacionales, y así, sus bosques, sus aguas, su riqueza minera, su biodiversidad, su riqueza arqueológica, son apetecido por los grandes capitales, en tanto que su territorio resulta adecuado para pistas aéreas y para el paso de droga que se mueve hacia el norte en busca del rico y apetecido mercado estadounidense

Como podemos ver, es una totalidad de negocios que concitan las alianzas más estrechas entre jefes militares, políticos gubernamentales o no, y empresarios extranjeros y locales.

Se trata de una plataforma de negocios dispuesta a borrar cualquier resistencia, a sangre y fuego y su capacidad de eliminar físicamente todo tipo de resistencia ha sido demostrada con el asesinato de Berta Cáceres cuya sonrisa ha recorrido el mundo y cuya muerte ha estremecido y producido reacción y condena de diversos organismos internacionales, pero para los poderes mercantiles que buscan hacer negocios usando el aparato de Estado, no hay ningún límite reconocido ni reconocible.

La resistencia al golpe de Estado contra Mel Zelaya puso en un primer plano de la lucha política al movimiento popular y marcó un momento de crisis del bipartidismo hondureño.

Para las fuerzas armadas de Honduras, dueñas del poder político y poderosa fuerza empresarial, ha llegado el momento de pasar al aniquilamiento directo de toda resistencia que obstaculice los negocios, que en Honduras enriquecen a camarillas a costa del bienestar del pueblo y de la salud de la naturaleza.

Esta es una etapa superior de confrontación que pone al país en un nivel de enfrentamiento que se aproxima a una guerra verdadera que confronta a bandos definidos: el bando popular que recoge a las organizaciones sociales de las que se nutren los movimientos sociales, políticos y populares, que organizan la resistencia en la sociedad hondureña. Esto se enfrenta a las camarillas militares, partidistas, empresariales, imperiales y transnacionales de todo tipo.

La decisión de asesinar a Berta Cáceres contaba con su peso nacional e internacional, sabía muy bien el impacto que iba a producir, pero tiene todo el afán de producir el terror necesario para paralizar la resistencia.

Se trata de un conocido elemento psicológico de toda guerra, en donde se anuncia la muerte con suficiente anticipación para ahogar cualquier ánimo, voluntad o interés de sumarse a la resistencia popular. Es lo mismo que practicó Josué, el de la historia bíblica hebrea, en la toma de la ciudad de Jericó cuando se inició la campaña militar, mediante la cual los hebreos usurparían las tierras de Canaán a sus legítimos dueños. Recordemos que Josué ordenó matar a todos los habitantes de la ciudad cumpliendo la voluntad de su Dios. Más recientemente, Hernán Cortés, en la batalla de Tenochtitlán, realizó la matanza de Cholula para ablandar la resistencia en la capital de los aztecas.

Esta es la misma decisión tomada por las camarillas militares hondureñas al asesinar a una dirigente popular de la estatura de Berta Cáceres.

Para el movimiento popular hondureño es necesaria la claridad sobre la urgencia de prepararse para una confrontación mayor, de levantar más alto sus banderas, de tal manera que el nombre de Berta y su lucha inspiren, muevan y promuevan una mayor resistencia poniendo en movimiento la dialéctica entre una represión mayor una resistencia mayor. No hay otro camino porque las rutas están trazadas en Honduras y por más piedras y espinas que en ese camino se instalen, no hay más alternativa que superar todos esos obstáculos, sobre la base de mayores alianzas, de nuevos entendimientos con distintos sectores, y de nuevas unidades con aquellos ideológicamente afines.

La vida y el gesto de Berta Cáceres iluminan hoy los caminos libertarios de Honduras, de Centroamérica y de América Latina.

martes, 1 de marzo de 2016

Elecciones presidenciales de 2016 en EE.UU

 
 
La sublevación de las masas

James Petras
Rebelión

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo


Introducción

Las elecciones presidenciales de 2016 poseen algunas características peculiares que las desmarcan de la idea generalizada sobre las prácticas políticas en Estados Unidos en el siglo XXI.

Es evidente que la maquinaria política establecida -las direcciones de los partidos y quienes las respaldan en el mundo empresarial- ha perdido (parcialmente) el control del proceso de nominación y se enfrenta a la elección de candidatos “no-deseados” que están haciendo campaña con programas y declaraciones que polarizan al electorado.

Pero se dan, además, otros factores más específicos que han activado al electorado y se relacionan con la historia reciente de EE.UU., que presagian y reflejan una recomposición de la política estadounidense.

Este artículo esbozará estos cambios y sus principales consecuencias para el futuro de la política estadounidense. Vamos a examinar el modo en que afectan a cada uno de los grandes partidos.

El contexto de la recomposición dentro de las políticas del Partido Demócrata

La “ascensión y caída” del presidente Obama ha hecho mella en el atractivo de las “políticas de identidad”, modificando la idea de que las “identidades” basadas en la etnia, la raza y el género podían actuar sobre el poder del capital financiero (Wall Street), de los militaristas, los sionistas y las autoridades del “Estado policial”. El desencanto manifiesto expresado por los votantes hacia las “políticas de identidad” ha abierto la puerta a las políticas de clase de un determinado tipo.

El candidato Bernie Sanders apela directamente a los intereses de clase de los trabajadores y empleados asalariados. Pero esa “clase” surge dentro de una coyuntura de polarización electoral y, como tal, no refleja una verdadera “polarización de clase” o un aumento de la lucha de clases en las calles, las fábricas o las oficinas.

En realidad, la polarización electoral de la “clase” es un reflejo de las recientes derrotas sindicales en Michigan, Wisconsin y Ohio. La confederación de centrales sindicales (AFL-CIO) prácticamente ha desaparecido como factor político y social y representa a apenas un 7% de los trabajadores del sector privado. Los votantes de clase trabajadora saben bien que los máximos dirigentes sindicales, que reciben una media de 500.000 dólares al año como salario y complementos, están bien acomodados en las máximas instancias del Partido Demócrata. Si bien es cierto que los trabajadores y sindicatos locales respaldan activamente la campaña de Sanders, lo hacen en tanto miembros de un movimiento electoral amorfo y multiclasista y no como un “bloque obrero”.

El movimiento electoral de Sanders no ha surgido de un movimiento social nacional: el movimiento pacifista está prácticamente moribundo; los movimientos por los derechos civiles están debilitados y fragmentados; el movimiento “Black Lives Matter” (Las vidas de los negros importan) ha llegado a su cima y está en decadencia, mientras que “Occupy Wall Street” es un recuerdo lejano.

En resumen, estos movimientos recientes aportan, como mucho, algunos activistas y cierto impulso a la campaña de Sanders, subrayando con su presencia algunos de los temas promovidos en ella.

En realidad, el movimiento electoral a favor de Sanders no parte de movimientos de masas existentes sino que llena el vacío político resultante de su ausencia. La insurgencia electoral refleja el fracaso de los dirigentes sindicales aliados con los correspondientes políticos demócratas así como la limitación de las tácticas de acción directa de Black Lives Matter y Occupy Wall Street.

Como el movimiento electoral de Sanders no se enfrenta de manera directa e inmediata a los beneficios capitalistas ni a las asignaciones de presupuesto público, no se ha visto sujeto a la represión del Estado. Las autoridades represivas calculan que el alboroto de actividad electoral solo durará unos cuantos meses para desvanecerse posteriormente dentro del partido demócrata o la apatía de los votantes. Además, se ve limitado por el hecho de que las decenas de millones de seguidores de Sanders están distribuidos por todos los estados sin concentrarse en ninguna región particular.

Dicho movimiento electoral se nutre de cientos de miles de luchas locales y sirve de expresión a la desafección de millones de personas que quieren hacer oír sus agravios sin riesgo ni coste alguno (como sucedería si perdieran el trabajo o sufrieran represión policial). Es un agudo contraste con la represión en el lugar de trabajo o en las calles.

La polarización electoral refleja polarizaciones sociales horizontales (de clase) y verticales (inherentes al propio capitalismo).

Entre aquellos situados por debajo del 10% más rico, y especialmente entre la clase media joven, la polarización política favorece a Sanders. Los dirigentes sindicales, los miembros del Black Congressional Caucus y el “establisment” latino apoyan la opción consagrada de la élite política del Partido Demócrata: Hillary Clinton. Por otro lado, los jóvenes latinos, las mujeres trabajadoras y las bases sindicales apoyan el movimiento electoral insurgente. Algunos sectores significativos de la población afroamericana, que no han conseguido progresar con el presidente Obama (en realidad han retrocedido) o que han presenciado el aumento de la represión policial bajo el mandato del “primer presidente negro”, están uniéndose a la campaña insurgente. Millones de latinos, desencantados con sus líderes vinculados a la élite Demócrata y que no han hecho nada para evitar las deportaciones masivas con Obama, son una base potencial de apoyo para “Bernie”.

Sin embargo, el sector social más dinámico del movimiento electoral de Sanders son los estudiantes, entusiasmados por su programa de educación superior gratuita y el fin de la esclavitud de las deudas post-graduación.

El malestar general de estos sectores encuentra su expresión en la “sublevación respetable de la clase media”: una rebelión de los votantes, que ha trasladado temporalmente hacia la izquierda el eje del debate político dentro del Partido Demócrata.

La campaña de Sanders pone sobre la mesa asuntos básicos de desigualdad social e injusticia racial en el sistema legal, político y económico. Subraya la naturaleza oligárquica del sistema político (aunque el movimiento liderado por Sanders pretenda utilizar las reglas del sistema contra sus propietarios). Estas iniciativas no han tenido hasta ahora mucho éxito dentro del aparato del Partido Demócrata, cuyos máximos dirigentes ya han asignado cientos de los denominados “mega-delegados” “no elegidos” a Clinton, a pesar de los triunfos de Sanders en las primeras primarias.

La propia fuerza del movimiento electoral posee una debilidad estratégica: forma parte de su naturaleza unirse para las elecciones y disolverse tras la votación.

La dirección de Sanders no se ha esforzado en construir un movimiento social de masas de carácter nacional que pueda continuar las luchas sociales y de clase durante y después de las elecciones. De hecho, el compromiso de Sanders de apoyar a la dirección establecida del Partido Demócrata si pierde la nominación ante Clinton producirá una profunda desilusión entre sus seguidores y la quiebra del movimiento electoral. El escenario para después de la convención, especialmente en caso de que los “superdelegados” coronen a Clinton a pesar de la victoria popular de Sanders en las primarias individuales, será muy perturbador.

Trump y la “sublevación de la derecha”

La campaña electoral de Trump se caracteriza por muchos de los rasgos del movimiento populista-nacionalista latinoamericano. Al igual que el peronismo argentino, combina proteccionismo y medidas económicas nacionalistas que atraen a los fabricantes de tamaño mediano y pequeño y a los obreros industriales desplazados con el “chovinismo de gran nación” populista de derechas.

Todo ello queda reflejado en los ataques de Trump a la “globalización”, similares al antiimperialismo peronista.

Por otra parte, los ataques de Trump a la minoría musulmana de EE.UU. suponen un apenas disimulado guiño al fascismo clerical ultraderechista.

Así como Perón se pronunciaba contra las “oligarquías financieras” y la invasión de las “ideologías foráneas”, Trump desdeña a las “élites” y denuncia la “invasión” de inmigrantes mexicanos.

El atractivo de Trump se basa en la profunda indignación amorfa de la clase media descendente, que carece de ideología… pero está llena de resentimiento por la caída de su estatus, el desmoronamiento de su estabilidad y las familias afligidas por la droga (y si no, observen las preocupaciones expresadas abiertamente por los votantes blancos en las recientes primarias de New Hampshire).

Trump proyecta un poder personal a los obreros enojados con los sindicatos impotentes, las organizaciones cívicas desorganizadas y las asociaciones empresariales locales marginadas, incapaces de responder al saqueo, el poder y la corrupción generalizada de los estafadores financieros que se mueven entre Washington y Wall Street con total impunidad.

Estas clases “populistas se entusiasman indirectamente con el espectáculo de un Trump que grita y abofetea a los políticos de carrera y a las élites económicas por igual, aunque alardee al mismo tiempo de su triunfo como capitalista. Aprecian su desafío simbólico a la élite política al tiempo que alardea de sus propias credenciales capitalistas.

Para muchos de sus seguidores suburbanos, es el “Gran Moralizador”, que ocasionalmente comete meteduras de pata “perdonables” por su exceso de celo, como un Oliver Cromwell grosero del siglo XXI.

En realidad, es posible que exista un componente etno-religioso menos aparente en la campaña de Trump: su identidad de blanco-anglosajón-protestante (WASP) es otro motivo de atracción para esos mismos votantes, a causa de su aparente marginación. Estos “trumpistas” no están ciegos ante el hecho de que no existe ningún juez wasp en el Tribunal Supremo y apenas hay wasp entre las máximas autoridades económicas con cargos en el Tesoro, el Sistema de Reserva Federal o las Cámaras de Comercio. Aunque Trump no hace gala de su identidad, esta facilita la atracción de sus votantes.

A los votantes wasp de Trump -que guardan un silencio resentido por los rescates financieros a Wall Street y lo que perciben como posiciones privilegiadas de católicos, judíos y afroamericanos en la administración de Obama-, su condena pública y directa del presidente Bush por mentir deliberadamente a la nación para justificar la invasión de Irak (con las implicaciones que eso lleva de traición) les proporciona una razón más para votarle.

El atractivo nacional-populista de Trump combina con su militarismo belicoso y su autoritarismo de matón. Su aceptación pública de la tortura y del control policial del Estado (“para combatir el terrorismo”) le permite ganar el favor de la derecha pro-militar. Por otro lado, sus proposiciones amistosas al presidente Putin (“un tipo duro con ganas de enfrentarse a otro”) y su apoyo al fin del embargo a Cuba resultan atractivos para las élites empresariales relacionadas con el comercio. Su llamamiento a la retirada de tropas de Europa y Asia atrae a los votantes favorables a “crear una fortaleza en Estados Unidos”, a la vez que sus declaraciones a favor de “machacar a bombas” al Estado Islámico atrae a los extremistas nucleares. Curiosamente, el apoyo de Trump a la Seguridad Social y Medicare, así como su propuesta de cobertura médica para los indigentes y su reconocimiento abierto de los servicios vitales de planificación familiar para las mujeres pobres, atraen a los votantes más mayores, caritativos, conservadores e independientes.

Esta es la amalgama izquierda-derecha de Trump: proteccionismo y alabanzas a los emprendedores, proclamas contra Wall Street y a favor del capitalismo industrial, defensa de los obreros estadounidenses y ataques a los trabajadores latinos y los inmigrantes musulmanes. Estas propuestas han roto las fronteras tradicionales entre la política popular y la derechista dentro del Partido Republicano.

El “trumpismo” no es una ideología coherente, sino una mezcla volátil de “posturas improvisadas”, adaptadas para atraer a los trabajadores marginados, a las clases medias resentidas (los wasp dejados de lado) y, sobre todo, a quienes se sienten poco representados por los republicanos de Wall Street y los demócratas liberales, basados en políticas identitarias (negros, hispanos, mujeres y judíos).

El movimiento de Trump se basa en un culto a la personalidad. Posee una inmensa capacidad para convocar mítines masivos sin una organización de masas que le apoye ni una ideología social coherente. Su fuerza radica en su espontaneidad, la novedad que representa y su hostilidad manifiesta hacia las élites estratégicas.

Su debilidad fundamental es la carencia de una organización que pueda sostenerse tras el proceso electoral. No existen apenas cuadros ni militantes “trumpistas” entre sus fans. Si fracasa (o le deja fuera de la nominación un candidato “de unidad” pergeñado por la dirección del partido), su organización se disipará y se fragmentará. Pero si obtiene la nominación republicana, conseguirá el apoyo de Wall Street, especialmente si es para enfrentarse a la candidatura demócrata de Sanders. Si gana la elección general y se convierte en presidente, procurará reforzar el poder ejecutivo y encaminarse hacia una presidencia “bonapartista”.

Conclusión

El auge de un movimiento socialdemócrata en el seno del Partido Demócrata y el advenimiento de un movimiento nacional-populista de derechas en el seno del Partido republicano reflejan la fragmentación del electorado y las profundas grietas verticales y horizontales que caracterizan la estructura de etno-clase de EE.UU. Los analistas simplifican en exceso cuando se refieren a esta sublevación como una expresión incoherente de la “indignación”.

La disminución del poder de control de la élite del establishment es producto del profundo resentimiento étnico y el profundo resentimiento de clase de grupos anteriormente privilegiados que sufren una movilidad descendente, de empresarios locales que experimentan la bancarrota por causa de la “globalización” (imperialismo) y de ciudadanos indignados por el poder del capital financiero (los bancos) y el control abrumador que ejercen sobre Washington.

Es posible que la sublevación electoral de derechas y de izquierdas se disipe, pero no sin antes haber plantado las semillas de una transformación democrática o de un renacimiento nacionalista reaccionario.